De heridas y cicatrización

La herida es quien mejor conoce las leyes de la cicatrización
Cuando sufrimos una herida nuestro organismo se moviliza y pone en marcha procesos complejos para regenerarse: aumenta la coagulación a través de las plaquetas, los macrófagos se activan para eliminar bacterias y suciedad, se produce una inflamación momentánea, se reponen los tejidos dañados… Esta fascinante capacidad es natural y automática; un modo de autorregulación organísmica.
Del mismo modo que sufrimos heridas físicas, sufrimos heridas psicológicas: pérdidas o agresiones que nos dañan y rompen nuestros esquemas del mundo o de nosotros mismos y nos dejan debilitados, desorientados, asustados o en conflicto. Como niños que aprenden a caminar, descubrimos que el mundo tiene esquinas afiladas y al golpearnos en ellas descubrimos con dolor sus límites y los nuestros. Vivir, crecer, se convierte entonces en un camino de aprender a caer y aprender a levantarse. Vivir es aprender a cicatrizar.
Algunas de estas heridas emocionales están producidas por acontecimientos traumáticos, intensos, inesperados y excepcionales: agresiones, amenazas graves o catástrofes. Pero otras están producidas por sucesos cotidianos: desencuentros, carencias, conflictos, pérdidas… Son inherentes al hecho de vivir, pero aun así pueden resultar muy dolorosas. Como son menos llamativas es más probable quitarles importancia y no atenderlas, y de ese modo sus efectos a largo plazo quedarán camuflados en limitaciones, rigidez o síntomas aparentemente no relacionados.
Cuando sufrimos una herida emocional nuestro organismo también moviliza sus recursos en busca de su cicatrización. Pero al igual que algunos elementos pueden dificultar la curación de un daño físico (agotamiento del organismo, acumulación de heridas, nutrición deficiente, falta de elasticidad de la piel,…) también hay diferentes factores que influyen en la curación emocional y distintas maneras en que la interrumpimos. Si esto ocurre, además del daño agudo que la herida supone, se produce una mala cicatrización, una secuela crónica: el desarrollo psicológico queda interrumpido o lastrado por esa herida mal curada, que consume recursos inútilmente y nos deja apegados al pasado. El trastorno de estrés postraumático (TEP) o el trastorno adaptativo son dos ejemplos llamativos de lesión psíquica ante una herida emocional, pero hay muchos otros síntomas y modos más sutiles en que quedamos con un asunto pendiente, girando en torno al daño durante mucho tiempo y sin llegar a resolverlo.
Y ¿qué es lo primero que requiere una herida? Ser atendida. La utilidad natural del dolor es avisarnos de que algo va mal para que lo miremos, lo resolvamos y en la medida de lo posible aprendamos a evitarlo. El dolor es una llamada de atención necesaria y saludable: sin dolor no hay atención y sin atención no hay conciencia. Pero hace ya tiempo que Perls (1976) decía: «Nos hemos tornado fóbicos hacia el dolor y el sufrimiento. Todo aquello que no es divertido o agradable debe evitarse. De modo que le arrancamos a cualquier frustración que pueda ser dolorosa e intentamos irnos por un atajo. Y el resultado es la falta de crecimiento«1. Así, establecemos ante el dolor tres trincheras, tres niveles de defensa:
Si podemos, evitamos sentirlo. Lo que llamamos en Gestalt desensibilización son modos de anestesiarse y para eso nos convertimos en piedra o en fantasma. Podemos ponernos rígidos, apretar la mandíbula, cerrar la garganta, endurecer el pecho, mirar alto y «tirar p´alante». O también podemos dejar que el dolor nos atraviese sin tocarnos, apenas respirar, flotar sobre las cosas, estar en otro mundo y alejarse de éste. Lo que tienen en común una piedra y un fantasma es que ambos están muertos. Morir un poco es uno de los modos de evitar el dolor. Porque como uno no puede anestesiarse de forma selectiva sólo a una experiencia, el embotamiento acaba afectando al resto de vivencias y sentimientos. La persona queda disminuida emocionalmente, vive a medio gas. Y también disminuyen su capacidad de darse cuenta y sus recursos en general.
O bien lo evitamos distrayéndonos de él, corremos muy deprisa para que no nos alcance haciendo muchas cosas, pensando mucho o mirando a otro lado. Algunas personas se convierten en expertas cuidadoras mirando el dolor de los demás para no entrar en el suyo.
Pero a veces esto no es suficiente, porque el dolor nos sorprende y llega igualmente. Entonces tratamos de quitarle hierro, de amortiguarlo para no notar su intensidad o su importancia. «No es nada, ya se me pasará«.
Y a veces no se me pasa: me duele tanto que la herida se hace presente una y otra vez en mi conciencia y ya no puedo esconderme de ella. Entonces, al menos, la escondemos de los otros: la disimulamos, fingimos estar bien y guardamos el dolor para la intimidad, avergonzándonos de él y sintiéndonos aislados y diferentes.
Éstas son las estrategias neuróticas, en la medida en que son limitantes y desadaptativas, de sentirnos seguros. Sin embargo, con esta evitación acabamos encontrando sufrimiento: un dolor adicional que consiste paradójicamente en la tensión de mantener el dolor a raya, de mantenernos sin cambios, en el temor de que podría romperse esa imagen pretendidamente no dolorosa que hemos construido de nosotros mismos.
Pero ¿qué nos hace tratar de evitar un dolor evidente? ¿Por qué sentir vergüenza ante mi estar herido? ¿Por qué ningunearlo, ocultarlo? Tenemos que entender que la cultura en la que vivimos nos impregna, la «moda emocional» de la época nos lleva a responder a una serie de expectativas. Nuestra cultura niega que el dolor pueda tener algún sentido, inoculándonos desde que nacemos la idea de que el dolor es malo y el placer bueno. La importancia que se da a la productividad implica valorar lo rápido: comida rápida, zapatero en el acto, tiritas que aceleran la cicatrización de pequeñas heridas… y así nos acostumbramos a que todo sea «ya». Implica además valorar lo fácil: Lea un libro y consiga autoestima, conviértase en el mejor amante o hágase rico, Con solo tocar un botón, Con sólo hacer una llamada. En una sola sesión, técnica infalible, Pastillas para dormir, para despertar, para divertirse, para equilibrarse, para… Disfrute limpiando. Consiga estos abdominales mientras ve la televisión. Y también implica negar las limitaciones: Elimine sus arrugas, sus canas, sus síntomas. No aparenta sus años. Yo no soy mayor, me siento joven. Compre todo lo que quiera en cómodos plazos. Al alcance de cualquiera. El cielo es el límite. Así oscilamos entre la prepotencia de la fantasía y la impotencia de la realidad y es difícil que el dolor tenga sitio: Con una aspirina, en 5 minutos como nuevo… incluso mejor prevenir, tome una cada día. Esto es muy deprimente. Mejor reír que llorar. Cura sana, ya no duele. No es extraño que en esta cultura de lo fácil, lo rápido y lo placentero, hayamos relegado el dolor a una posición de visitante incómodo o directamente enemigo.
Por otra parte, como culturalmente el dolor es indigno, cuando lo siento trato de evitar mostrarme herido o débil; intento hacerme cargo solo y seguir esa máxima cultural de nuestros días que supone la sobreestimación de la autonomía, el «hágalo usted mismo» que hemos construido olvidando la interconexión con los otros, el campo del que formamos parte, la comunidad. El «vamos tirando» es una broma, soy yo el que tira a solas y presume de ello ante ti. Así añado al dolor la soledad y la vergüenza y me aíslo, herido, de los otros.
El ámbito médico, psicológico y terapéutico, inmerso en la cultura, no está exento de estos mensajes. El dolor se patologiza, se mira con desconfianza, se medica de forma indiscriminada y prematura, se confunde con la depresión, se analiza en busca de posibles patologías asociadas, y se trata, como no podía ser de otra manera, de manera excesivamente individual. Se medicaliza, se psicologiza, se individualiza y así se aleja de lo que es: un proceso normal y curativo dentro de un contexto.
Por el contrario, la Terapia Gestalt plantea que el dolor emocional, al igual que el físico, tiene una función adaptativa: llamar nuestra atención sobre la herida para que podamos atenderla. Es la llamada a ponernos manos a la obra: retirarnos, cuidarnos, centrarnos en nuestro interior, pedir ayuda, elaborar, revisar,… y propone 2 vías para ello:
- La toma de conciencia. Tomarse tiempo para experimentar el dolor, atenderlo, mirarlo de cerca, comprenderlo.
- La responsabilidad. Desde la conciencia, hacernos cargo de él, su origen y su manejo. Comprender y asumir qué dolor es inevitable y tengo que encajar y atravesar. Y también cómo me hago sufrir, y cómo puedo dejar de hacerlo.
A partir de estos elementos, toda cicatrización se da en 3 ámbitos inseparables y simultáneos
- El emocional. La herida nos produce dolor, y si podemos sentirlo se convierte en nuestra guía: toma la forma de diferentes sentimientos (pena, rabia, impotencia, miedo, culpa,… y es necesario atenderlos, sostenerlos, discriminarlos, desentrañarlos, y ver adónde nos llevan. No meramente para descargarlos o superarlos, sino para que sean la nueva luz que nos oriente a través de la sensación de carencia hacia el contacto con la necesidad y el lugar de la reparación.
- El relacional. Aunque en determinados momentos la herida nos invite a replegarnos a nuestro interior, debemos superar el aislamiento que se nos impone culturalmente, el mito de la autosuficiencia que nos obliga a «poder solos con todo». Hermann plantea que «las experiencias centrales del trauma psicológico son la indefensión y la desconexión de los otros. Por consiguiente, la recuperación consiste en devolverle el poder a la superviviente y en la creación de nuevas conexiones. La recuperación sólo puede ocurrir dentro del contexto de las relaciones; no puede ocurrir en aislamiento. En sus conexiones renovadas con otras personas, la superviviente recrea las facultades psicológicas que quedaron dañadas o deformadas por la experiencia traumática. Estas capacidades incluyen la confianza, la autonomía, la iniciativa, la competencia, la identidad y la intimidad. Al igual que fueron originalmente formadas en conexión con otras personas, estas capacidades deben ser reformadas dentro de dichas relaciones»2. Es en el encuentro con los otros que podemos dignificar la herida, darnos permiso. Sólo con los otros podemos cicatrizar.
- El sentido. Somos constructores de significados. Cyrulnik afirma que las heridas suponen dos golpes: el «real» es la carencia, la pérdida, la agresión que implican el daño; el segundo es la incapacidad de encajar el primero en mis esquemas, de comprenderlo. Por eso «Para curar el primer golpe, es preciso que mi cuerpo y mi memoria consigan realizar un lento trabajo de cicatrización. Y para atenuar el sufrimiento que produce el segundo golpe, hay que cambiar la idea que uno se hace de lo que ha ocurrido, es necesario que logre reformar la representación de mi desgracia y su puesta en escena ante los ojos de los demás»3.En la medida en que la herida desmorona nuestros esquemas se hace necesario construir otros nuevos; dar voz y palabras a la herida, encontrar significados, crear narrativas nuevas y liberadoras.
Facilitar la cicatrización
¿Qué podemos hacer entonces para facilitar ese proceso natural de cicatrización? El camino va a ser desandar lo andado, desmontar las trincheras que hemos levantado para impedir el proceso: sentir el dolor, darle importancia y devolverle su sentido y su dignidad social en el encuentro con los otros, también heridos en silencio. Para ello será necesario:
- Atender la herida: darle sitio, sentirla, permitirla. Y para ello hacer frente a los mandatos culturales o familiares, a los introyectos sobre el dolor.
- Cuidado: nutrirme, descansar, darme permisos. Salir del enfoque productivista que nos empuja a aportar, hacer, exigirme, progresar…
- Apoyarme en otros al hacerme consciente de que en realidad nadie se cura solo
- Revisar y retirar obstáculos al proceso, como la culpa y los asuntos pendientes. Preguntarme cómo puedo estar cronificando mi dolor: ¿Cómo estoy vinculado a esta herida? ¿Qué me proporciona? ¿Qué pasaría si curara? ¿A qué tendría que enfrentarme?
- Atravesar el dolor y los sentimientos que pueden acompañarlo y también necesitan recorrerse. Tener en cuenta que sin sentir no se puede sanar.
- Integrar: dar un sentido mayor y más posibilitador a la herida. Zanjarla como asunto inconcluso e inútilmente repetido e incorporarla al fondo, a mi historia, para que actúe de sedimento de lo por venir.
Ayudar a cicatrizar en terapia
El hecho de acudir a terapia es potencialmente una apuesta por atender la herida, aunque a veces un paciente quiere resolver sin atravesar o no relaciona lo que le pasa con el hecho de estar herido. Una tarea del terapeuta será volver a unir lo que el paciente disoció: el síntoma con la herida. Pero no será una conexión intelectual, fruto de la interpretación: será escuchar el síntoma para que lleve a la herida enterrada, aislada del padecimiento.
La terapia es fundamentalmente una relación en la que se da al dolor un sitio nuevo en el que se puede sentir, atender, dignificar y re-nombrar.
Estas tareas son inherentes a la terapia si el terapeuta se coloca en una actitud de respeto, no patologiza, no culpabiliza, no se impacienta, no trata de resolver sin sostener, y trasmite esa actitud al paciente. El apoyo que proporciona va a permitir al paciente herido ir más allá de los temores, obstáculos y prohibiciones que están impidiendo la cicatrización; va a poder aprender a apoyarse en otro y así progresivamente en sí mismo, en sus propios recursos y capacidades.
La tarea de retirar obstáculos implica entender la vinculación del paciente con la herida. A veces mantener la herida abierta proporciona algo importante que no se sabe obtener de otra manera, y es necesario destapar esa necesidad y actualizarla. Son lo que llamamos ganancias secundarias:
- La herida como forma de honrar a otros (por ejemplo, el hijo que sigue en su sufrimiento los pasos de su padre, siempre deprimido) nos permite sentir que pertenecemos, que somos buenos hijos (o hermanos, o compañeros, o…
- La herida como reparación ante la culpa (merezco todo lo que me pase) nos ayuda a sentir que el balance se equilibra, que «quedamos en paz».
- La herida como alternativa a la soledad (en los casos en los que me vinculo desde mi estar herido, por ejemplo en juegos de víctima/salvador).
- La herida como modo de permanecer quietos ante el miedo a seguir viviendo. A veces dejar de estar heridos nos pondría delante de retos que no nos sentimos capaces de afrontar.
- La herida como elemento importante de identificación. Ha sido tanto tiempo el foco de atención de la persona, que ya no sabe qué sería sin ella y la mantiene como una parte esencial de su ser.
- La herida como sitio de poder. Cuando el estar heridos nos hace sentir mejor que los demás, la lucimos con orgullo y no queremos desprendernos de ella
Una herida vieja y cronificada tiene una historia envejecida que requiere ponerse a prueba en el contacto con el terapeuta. Nos la hemos contado tantas veces que la damos por cierta, pero sólo es una historia. El diálogo permite que la historia se airee y queden en evidencia introyectos, creencias desfasadas, mandatos arcaicos, o visiones infantiles de la realidad.
Aprender de la herida
Un enfoque estrictamente clínico del trabajo con heridas nos puede llevar a plantear el proceso de cicatrización como un mero restablecer el equilibrio previo: donde hay daño, que deje de haberlo y la persona continúe con su vida; que vuelva a alegrarse, a tener energía, a vincularse, a tener proyectos…Este afán por la «normalidad» y su «recuperación» nos lleva a felicitar a quien lo consigue: «ha re-hecho su vida», «vuelve a ser el que era»…pero esta actitud delata el temor con el que vivimos el dolor y se arraiga en la fantasía de un mundo sin él en el que las cosas sean «como deben ser».
Creo que este planteamiento es limitado, en la medida en que olvida un ingrediente importante: que el dolor nos enseña a descubrir nuevos territorios ante los que éramos ciegos. Desde un enfoque más educativo o espiritual crecer es cicatrizar, pero también cicatrizar es crecer. No se trata sólo de «volver a estar bien», sino de incorporar aprendizajes que sin el dolor no se hubieran producido. Y este planteamiento no consiste en una idealización new age del dolor como única vía de crecimiento, que nos hace apegarnos a él o desearlo, sino en la constatación de que cuando el dolor viene puede hacernos crecer. Del mismo modo que en nuestra piel se da una proliferación celular, un crecimiento y transformación de los tejidos que tapará y absorberá la herida formando la cicatriz, también a nivel psicológico necesitamos ensancharnos para incorporar la herida, crecer para que quepa. Son las frustraciones primeras que experimenta un bebé de forma natural (que a veces mamá no está, que hace calor o frío, que tiene hambre,… las que ponen en marcha las primeras emociones, la creación de representaciones mentales y la formación de mecanismos de defensa. Si no existiera el dolor de la frustración, el desarrollo psicológico no se produciría tal y como lo conocemos. Y al igual que ocurre en la primera infancia, en el resto de nuestra vida las frustraciones que nos hieren nos dan la oportunidad de seguir yendo más allá. Tras una herida importante no volvemos a ser los que éramos y ese es el componente de oportunidad que nos proporciona la crisis: que al ser heridos y cicatrizar podamos ser más que antes:
- Tras la caída más humildes, más conscientes de nuestras limitaciones y necesidades.
- Y por ello más comprensivos y compasivos con las limitaciones de los demás.
- Al estar en contacto con nuestra limitación y necesidad, nos hacemos más sólidos. Obtenemos una fortaleza más real y asentada, menos fóbica y ficticia. Nos crecemos al integrar el dolor, el miedo y la dificultad en lugar de evitarlos. Nuestra capacidad y nuestro sentido del yo aumentan.
- La herida nos prepara para heridas sucesivas. Des-ilusionados de una vida sin dolor, podemos encajar el siguiente y desarrollar recursos para gestionarlo. Y eso al mismo tiempo aumenta nuestra capacidad de disfrute de lo que ahora hay.
- A veces la herida se convierte en configuradora de metas o del sentido de la vida. Nos articulamos en torno a ella, nos comprendemos desde ella al encontrarle sentido. Y entonces el camino que emprendo inicialmente para curarme acaba siendo un fin en sí mismo.
1 F. PERLS El enfoque gestáltico. Testimonios de terapia. Cuatro Vientos, Santiago de Chile, 1976
2 HERMAN, J: Trauma y Recuperación. Cómo superar las consecuencias de la violencia. Ed. Espasa, Madrid, 2004
3 CYRULNIK, B.: Los patitos feos. Ed. Gedisa, Barcelona, 2002
JESÚS PINEDO. Septiembre de 2011
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